“DE CÓMO SE INGESTÓ EL QUIJOTE”

Desde siempre. Desde nuestra más tierna escolaridad, se nos viene enseñando que el autor de  Don Quijote de la Mancha gestó su obra como revulsivo crítico contra las novelas de caballería. Y no fue así. La verdad es que el genial Cervantes, más que gestar, “ingestó” su colosal obra entre las viandas de una desacostumbrada hartura que, para bien digerir, hubo de tomar la pócima que su convecino y buen amigo, el boticario Boetiche, le prepara y administra, actuando, tan “eficaz” brebaje, como el verdadero revulsivo que dio lugar a la figura, aventura y desventuras del desafortunado hidalgo manchego; latente, pero perfecto autorretrato de su autor.

Y esto es lo que trato de demostrar: que don Quijote es un reflejo del padecer y escasa sobranza que penó y purgó don Miguel de Cervantes a lo largo de su vida; pero que, no pudiendo reconocer públicamente su persona por hidalguense vergüenza, proyectó sus necesidades en sus risorios y ficticios personajes, don Quijote y Sancho.

INFANCIA

Miguel de Cervantes Saavedra nace en el seno de una familia hidalga venida a menos. Su padre, cirujano de profesión, tuvo seis hijos que alimentar de los cuales Miguel hacía el cuarto. Si tenemos presente que el cirujano en la España del siglo XVI no era más que un sanitario de segunda clase, podemos imaginarnos las penurias de aquel padre para satisfacer seis estómagos con tan raquíticos ingresos. Con toda seguridad que los ruidos intestinales de aquellas seis criaturas, más los de dos adultos, sonarían a coro solapando sus peticiones de pan.

Como era costumbre entonces, quien podía, seguía a la corte buscando parabienes que la familia Cervantes nunca encontró; todo lo contrario, llenóse de deudas imposibles de pagar y empeñóse hasta la lechuguilla con los usureros de turno, lo que supuso el encarcelamiento del cabeza de familia por varios meses. Sólo alegando su pasada hidalguía, pudo el buen hombre ver la luz de nuevo. Mientras tanto, ¿de qué se alimentaba la Familia Cervantes? Entre tales desgracias transcurre la infancia de Miguel, al que nos podemos imaginar fácilmente rogando la caridad de los más dadivosos.

JUVENTUD

Persiguiendo a la corte, llega la familia Cervantes a Madrid, donde el joven Miguel, falto de pan blanco y buen vino que fortalecieran su anatomía, alimenta su espíritu con las letras que López de Hoyos le suministra. Y, como “a falta de pan, buenas son tortas”, entre pendencias se embozan los años del joven Miguel, debiéndose refugiar en Roma, huyendo de la justicia, al servicio, como camarero, de monseñor Acquaviva. Acertada fórmula para obtener buen alimento sin demasiado esfuerzo.

Pero las quijotescas aspiraciones de Cervantes le impulsan a alistarse en las milicias que derrocarían al turco en Lepanto, donde, al precio de un brazo, consigue ver aumentada su soldada. En Italia, entorchado de pro, no debió de faltarle la “pasta”; pero, seis años no alimentan toda una vida. De camino hacia España, es hecho prisionero por un corsario albanés, pasando otros cinco años de su vida en el más mísero ayuno y obligada abstinencia, alimentándose, seguramente, de las sobras de “al-kus-kus” de su amo Dalí Mamí.

MADUREZ

Al fin, liberado del moro, llega Cervantes a Madrid encontrándose a su familia en la más triste y mísera ruina, su padre muy envejecido y sordo, dos de sus hermanas solteras y dedicadas a la vida licenciosa, movidas, sin duda, por la gran necesidad que padecían, y él sin un oficio que ejercer. Famélico y desesperado, persigue al rey Felipe II de España a Portugal y de Portugal a España, como si se tratara de una liebre que pudiera a su menguada boca llevar, consiguiendo reales, pero flacos favores que no le llegan ni para paladear un bocado del popular y plateado bacalao portugués; pues, el más afamado, el dorado, aún quedaba más lejos de sus posibilidades.

Nunca consiguió licencia para marchar a América, donde soñaba satisfacer su mucha y acumulada hambre de asados con exóticas y siempre sabrosas especias.

Instalado en Madrid, consigue vender su Galatea por 1.336 reales, lo que le permitió cierto lujo que a punto estuvo de costarle los favores de su amigo Boetiche, el boticario; pero, bastó una buena siesta para digerir aquel pollo. A tamañas hazañas no estaba acostumbrado.

Ni siquiera en sus bodas con la toledana Catalina consigue Cervantes ver realizado su soñado ágape. Sueño que no olvidará jamás y que plasmará más tarde en otras bodas, las de Camacho: asados de novillo, carnero y lechones especiados; guisos de palominos, liebres y gallinas; fritos de pájaros varios y caza diversa con aceite andaluz; tinajas de generosos vinos; pan blanco de trigo castellano, quesos de la zona, frituras de masa melada. Sueños y más sueños sólo cocinados en papel al toque de una pluma de ave con jugo de tinta.

No es de extrañar el retrato que de sí mismo hace enjuto y cenceño:… rostro aguileño,… de nariz corva;… las barbas de plata que no ha veinte años que fueron de oro;… la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros;… la color,… antes blanca que morena, algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies… ¿Es éste el retrato de un hombre bien nutrido?

EL QUIJOTE

Habiendo de financiarse la Armada Invencible, Cervantes es designado para requisar alimentos por tierras de Andalucía, destino que le resulta muy desagradable, pero que viene a ser la clave de nuestra historia; pues, gracias a las desgracias que le depara este destino, don Miguel “ingesta “ a su Quijote.

Recaudada gran cantidad de cereales y aceite, Cervantes no pudo vencer la tentación de venderlos y, con el importe, alegrar su cuerpo con la francachela tan soñada. Retiróse a una venta lejana, perdida en un camino y, como “el comer y el rascar todo es empezar”, allí consumió durante treinta y cinco días con sus respectivas noches cuantas existencias y reservas disponía el ventero que, marchitadas las despensas y bodegas, hubo de matar cuantos animales poblaban su corral. La venta era como un recinto ferial donde todos comían y bebían, reían, cantaban y bailaban sin reparar en gastos, pues pagaba el Manco de Lepanto. Así gustaba de llamarse, jactancioso, Cervantes, que, cada dos por tres, alegraba las grasas del ventero con un par de monedas. Al fin y al cabo, eran “dineros del sacristán, cantando se vienen y cantando se van”. Por allí pasaron arrieros de los cuatro puntos cardinales, soldados y estudiantes, cabreros y bolleros, villanos y vagabundos, pillos y lisiados, marchantes y charlatanes, cazadores, leñadores, artesanos, músicos, algún que otro aldeano curioso; todos, atraídos por el olor del vino fácil, y mujeres buscavidas siguiendo el sonido del metal, y se dice que hasta un embozado, silencioso y observador caballero que resultara ser una mujer morisca, doncella (vaya usted a saber) del corregidor de Écija.

Agotadas las existencias y la bolsa, sin dejar de peregrinar por la venta personajes de todo tipo, y sumido Cervantes entre el “delirium tremens” y la depresión, víctima de la descontrolada cuchipanda, la comparsa, que hasta ahora coreaba los relatos y las gracias del generoso don Miguel, ahora le exige, increpa y zarandea como a un muñeco de trapo, y es que, como aprendió Cervantes, “comida hecha, compañía desecha”. El ventero, conmovido, le oculta en el sobrado donde, agradecido, le mantiene durante tres días a base de enjundia de gallina. Es durante estos días cuando, sabedor del paradero de Cervantes, llega a la venta su buen amigo el boticario Boetiche, quien, después de corresponder a los desvelos y atenciones habidas por parte del ventero, rescata al maltrecho don Miguel del catre en que yacía, que más bien parecía catafalco.

La oculta morisca embozada, relata lo visto y oído a su señora, esposa del corregidor, quien no tarda en descubrir en el Manco de Lepanto al requisador de alimentos, ordenando pronta su búsqueda y detención.

Boetiche arrastra a Cervantes por montes y vericuetos, le esconde por bosques y cuevas evitando aldeas y caseríos, huyendo de la justicia, camino de Madrid, reanimando a su piltrafa carga con vomitivos de su propia cosecha que, más que bien, deterioraban cada vez más al ya casi moribundo don Miguel, que sólo reaccionaba de vez en vez para predicar al viento con gestos y alaridos sus delirios y alucinaciones, creyéndose unas veces ser un sacerdote epulón romano, otras el mísero Diógenes el Cínico, otras Licinio Craso, momentos que, para acallar las voces y no atraer a los perdigueros del corregidor, consideraba oportunos Boetiche para administrarle su pócima emética.

Mal alimentados por las hierbas que comían y Cervantes descomiendo más de lo que comía, son dados presos, cuando Boetiche intentaba capturar un capón, mientras su amigo dormía, en una granja no lejos de Écija, y encarcelados en Castro del Río.

En juicio celebrado en Sevilla, declara don Miguel en su descargo no haber gastado dinero alguno del requisamiento, sino haberlo depositado en banco que a la sazón había dado en quiebra.

Cervantes penó entre rejas en Sevilla donde, con escasa pero diaria sopa y mucho reposo y paz, se repuso de su mal estado. Y es que “el tiempo cura al enfermo, que no el ungüento” Y, como “más discurre un hambriento que cien letrados”, púsose a rememorar sin prisas su azaroso pasado, que grabó a golpe de negra tinta sobre papel blanco, titulándolo Don Quijote de la Mancha.

EPÍLOGO

Este debería haber sido el fin de las desgracias de don Miguel y el principio de su bonanza, pero no fue así. Viviendo Cervantes en Valladolid, rodeado de mujeres: la suya, sus hermanas de sospechada deshonesta conducta, una hija de alguna de ellas y de desconocido progenitor, y otra, a saber si de Cervantes con su mujer o de señora con otro casada o si de su otra hermana, se ve envuelto en un duelo en las proximidades de su casa, donde recoge al herido que allí fallece. Nuevo escándalo, que nuevas desazones le acarrearían.

Hoy, comparando su vida con su obra, nos podemos preguntar: ¿no es don Quijote Cervantes?, ¿no fue Cervantes un Sancho Panza, buscador de mejor vida que nunca hallara? Y mi respuesta es sí. Don Miguel es don Quijote y Sancho a la vez, tres en uno que no son tres. Don Miguel es la imagen, el orgullo, el honor y la honradez, a quien la vida no le hizo justicia debiendo hacérsela él; don Quijote, sus desventuras, su vida oculta, su desmerecer; y Sancho, sus deseos, aspiraciones y sueños insatisfechos, salvo por una vez. Tres en uno que no son tres, sólo él, don Miguel.

Y, como último testimonio, alego las palabras que el propio Cervantes imputa a Sansón Carrasco, como autor de lo que sería epitafio de don Quijote y podría ser su propio epitafio:

Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tanto extremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su aventura,
morir cuerdo y vivir loco.

Olivenza
6/II/98

D. Rafael Paniagua

  1. #1 por elrincondeadolfo el 17 mayo, 2012 - 5:26 pm

    La gran deuda con los escritores es por su obra. Muchos de ellos, maniáticos, sin pareja o malcasados, con más o menos dinero según versiones, con brotes de mal humor muchos de ellos y sin embargo autores de obras inmortales que nos conmueven y nos conmoverán por su humanidad y su ingenio. Gracias a Don Miguel de Cervantes Saavedra, para mí uno de los más grandes de la historia

  2. #2 por elrincondeadolfo el 17 mayo, 2012 - 5:33 pm

    Por cierto, creo que Don José Morillo-Velarde es de la misma opinión.

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