“Una jaula de oro”, de Camilla Lackberg

Allí donde se funden el bien y el mal

Una de las funciones de un Club de Lectura es darnos a conocer buenos autores o autoras. En este caso, la autora que hoy recomendamos es de las que se suele decir que no necesitan presentación. Así, un Club de Lectura también brinda, a veces, la oportunidad de leer a una gran autora que no debe quedar excluida en alguien que pretenda conocer la Literatura Contemporánea.

Cuando leemos a una grande por primera vez, lo mismo ocurre con el cine, corremos el riesgo de poner el listón demasiado alto. Tan alto que, llegado el caso, quedemos decepcionados no porque la creación sea mala sino porque esperábamos tanto que nos ha sabido a poco.

Por eso, lo mejor es zambullirnos en la lectura siempre sin prejuicios ni apriorismos e intentar disfrutar todo lo que podamos. En este sentido, tanto el lector como el espectador son también responsables de la satisfacción de lo que leen o ven con su actitud.

Dicho todo esto, “Una jaula de oro”, ya nos lo habían advertido, no es una novela policíaca  al uso que es lo que habría esperado al acometer a Camilla Lackberg. Tiene tintes policíacos y cuando digo que el bien y el mal se funden es porque se trata de un relato en el que la buena no es tan buena o la mala no es tan mala.

En este sentido, se trata de una novela que enlaza con un autor muy navideño, Charles Dickens. En “Olliver Twist” el bien y el mal tienen un origen que va mucho más allá de la naturaleza humana. El mal, evidentemente, es injustificable. Sin embargo, cuando el mal es un mecanismo de defensa y el fruto de tanto mal recibido, sin ser justificable, al menos es comprensible. Así Camilla Lackberg enlaza con la novela psicológica y actualiza de algún modo la cuestión del origen del mal.

Esa es la clave de lectura de la novela que hoy presentamos a mi modo de ver. Tiene muchas más, como el ritmo ágil, el manejo excelente del relato y de cuestiones psicológicas que hacen que la lectura sea casi adictiva.

Formalmente, como he dicho, el ritmo hace que las páginas vuelen de manera que quedemos con ganas de más. En la cubierta, un tarro de perfume que podría tener sangre en el interior nos recuerda que no hay rosales sin espinas. Que la disfruten.

Adolfo Caparrós

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