“La fuente de los siete valles”, de Félix G. Modroño

Fiel y añejo

Le ha pasado al autor del libro que hoy recomendamos lo que a los bodegueros riojanos que aparecen en la novela. Hay que presentar unos caldos reconocibles por sus calidades pero, a la vez, hay que lograr que mejoren con el paso del tiempo.

En este caso, se ha optado por la máxima <menos es más> Sabedor de que sus libros se venden bien, el dominio del género es cada vez mayor y la cultura twitter hace que los lectores gasten cada vez menos paciencia, ha preferido dejar miel en los labios al empacho.

Así, tan profusa documentación sobre la historia del Siglo XIX y sucesivos en La Rioja, el tremendo trabajo –apuesto a que ha sido así- de ir quitando páginas al libro hasta dejarlo en este producto final, tiene que haber sido doloroso, no solamente para quien lo ha escrito; sino también para los que nos zambullimos en sus páginas y pensamos < ¡Cómo me habría gustado que los encuentros con Marcelino Menéndez Pelayo o con El Marqués de Murrieta hubieran sido más! >

Es preferible, de eso no tengo duda, dejar al lector con ganas de más que cansarlo en la página 150 o hasta en la 30, como le pasó a un amigo con “La Regenta” y eso que la ha acometido varias veces en su vida. Eso no quita que haya leído mamotretos mucho más espesos y voluminosos por su trabajo, es ingeniero, pero “La Regenta” se le atragantó y ya no ha habido manera.

Sin embargo, Pablo –Protagonista indiscutible que empieza siendo sacerdote con pretensiones en Roma y termina siendo inmortal gracias al amor al libro- habrá hechizado ya a más de una lectora, no tengo duda.

Me ha pasado con la novela lo que pasa con un buen Rioja. Se empieza con ganas y no quiere uno que se termine. El tempo es así. Frente a otras novelas de Modroño, se avanza con languidez y sin ansias por llegar al final. El final llega y se disfruta igual que la botella se termina y se piensa en una nueva ocasión para compartir algo tan especial como la buena literatura.

Desde luego, con La Feria del Libro recién terminada, se puede pensar en todo lo que hay acumulado encima de la mesa y pasar al siguiente, es la sensación que ha quedado, escenarios maravillosos pero hay que cambiar de mes, de año, de siglo…

Formalmente, impera el buen gusto, papel generoso y ocre que no hace demasiado pesadas las casi 300 páginas del tamaño estándar de novela en los tiempos que corren. Preside la cubierta El Monasterio de San Millán de la Cogolla en tonos ocres en los que destaca la letra roja del título en caracteres que son ya otra de las señas de identidad. Que la disfruten.

 

Adolfo Caparrós

 

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