“La conjura de los necios”, de John Kennedy Toole

Al Sur de América del Norte…

 Una de las gracias de los libros que dialogan es escuchar su diálogo, entender el porqué de que Foenkinos cite a Toole y cómo puede estar “La conjura de los necios” dentro de “La biblioteca de los libros rechazados”

Y parece todo tan bello, la idea de salvar de la quema esos libros que irían a la hoguera y aquí citamos a “Don Quijote” como lo hace Walker Percy en el prólogo al afirmar que Ignatius Reilly es otro loco que sale de su zona de confort para encontrar su ruina que parece que el mundo fuera perfecto.

Otro loco que se ve envuelto en una tela de araña tejida entre su entorno y él mismo de la que ya no se puede escapar porque ese es el extrañamiento de partida, el primer hilo que empieza a liar la madeja con una detención que termina no ocurriendo.

Un policía se ve obligado a detener a alguien para poder seguir trabajando y da con el torpón Ignatius que no ha hecho nada delictivo, realmente. Salen algunos en su defensa y termina en comisaría un señor que acaba siendo uno de los salvadores de madre e hijo. O no, nunca sabemos si esos gestos de quijote, porque tenemos ahí a otro quijote, quizá algo más sereno que Ignatius que sale en defensa de él con toda la buena voluntad del mundo y se ve en comisaría. Eso en su primer gesto. De la lectura de la novela se desprende que ese personaje tiene sobrados motivos para defender a Ignatius que se descubrirán con la lectura.

El caso es que a partir de ahí empieza una hipérbole que enlaza con “Pantagruel y Gargantúa” en una exageración de dimensiones del cuerpo y del alma, de la alimentación, de la política inadecuada que señala Walker Percy en el prólogo con mucho acierto.

Y pasa como con La Picaresca en general, se ríe uno pero maldita la gracia. Maldita la gracia de la pobreza, de la miseria y de la incultura. Maldita la gracia de la locura y de la impotencia, pero nos reímos de lo que no tiene gracia realmente, porque es desgracia ajena y no nuestra aunque la naturaleza humana sea así, cuando nos caemos y doloridos de los golpes nos entra la risa, supongo que un acto reflejo pero es así.

En fin, literatura que alguien bautizó de retrete y que creí que iba a despertar mi lado más gamberro, porque cuando se lee algo así se está buscando algo. A la postre lo que ha despertado es mi conciencia solidaria, la rabia de que las cosas no sean ni vayan a ser nunca de otra manera.

Formalmente, nos encontramos ante una novela tan canónica que extraña que nadie pensara que no podría ser una obra maestra. Más de trescientas páginas que nos llevarán a la risa cuando deberían llevarnos al llanto. En la cubierta, un treintañero luce una gorra de cazador, chaqueta sahariana, sable de juguete y perrito caliente en la siniestra, que la disfruten.

Adolfo Caparrós

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