“La biblioteca de los libros rechazados”, de David Foenkinos

Homenaje al fracaso

Gusta la idea de partida de la novela que hoy recomendamos. Un día, una editora cazatalentos visita una pintoresca biblioteca compuesta por libros que nunca se han publicado.
Buscando aquí y allá encuentra uno realmente bueno y decide que se publique. Frente a las objeciones que podría tener la idea saca un buen número de argumentos a favor del libro rechazado.
Se citan así un buen número de obras maestras que también fueron rechazadas de inicio y luego han sido consideradas obras maestras. Por ejemplo, “La conjura de los necios” o la saga “A la búsqueda del tiempo perdido” Es así como se nos introduce en un juego intertextual en el que me he sumergido de lleno con la lectura adicional de “La conjura de los necios”
Si alguien más se animara debe saber que lo considero un acierto ya que hay un innegable diálogo con las obras que se citan. Al acometer la Literatura Comparada se abren canales de lectura especialmente agradables e interesantes. Leer “La conjura de los necios” una novela que siempre me llamó la atención pero que no había terminado de acometer a la luz de esta novela supone un plus de información y la posibilidad de disfrutar de ese juego intertextual que propone Foenkinos. Como digo, a mí me está resultando especialmente interesante.
La novela nos lleva a conocer varias historias que van encajando como las piezas de un puzle. Tienen en común que todos ellos están relacionados de un modo u otro con el universo de ese libro que estaba destinado al olvido y que ahora es rescatado.
Anticipo que se trata de un libro que guarda una sorpresa final que, desde luego, a mí me he sorprendido mucho. Enlaza en esto, de algún modo, con las lecturas policíacas que se estaban acometiendo en el Club de Lectura. Es un toque de ingenio que merece la pena así que, insisto, se trata de un libro que hay que leer hasta la última página. De no hacerlo así, perderemos uno de los grandes alicientes de esta novela.
Formalmente, nos aproximamos a un tempo muy francés. Es decir, no trepidante pero tampoco lento. Una especie de andante que se desliza fresco y sutil y que avanza sin prisa ni pausa. En la cubierta, un mosaico que representa a varios de los personajes principales de la trama. Un dramatis personae que nos lleva al más tradicional género dramático.

Que la disfruten.
Adolfo Caparrós

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