Las bibliotecas salvan vidas

El verdadero desarrollo de una sociedad se mide por el número de bibliotecas. No hay más. Los gestores culturales, que son esos tipos que se dedican a organizar exposiciones, muestras, presentaciones y cosas, suelen medir su actividad en función de parámetros distintos, entre ellos el impacto en los medios, el porcentaje de subvención recibida, la facturación y, por supuesto, sus gustos personales y los de su pandilla. En Sevilla, ya saben, todo se mueve en círculos. La cultura indígena es una actividad gremial que exige elocuentes silencios, ilustres despistes y un estómago a prueba de sapos para no contar (de verdad) lo que pasa. Porque si lo cuentas, igual no vuelves a trabajar más. Dejan de sonreírte en los estrenos pensionados y no vuelves a pisar el Maestranza por la patilla. Así es la hermandad cultureta, cuyos más notables artistas viven -muy bien- de aparentar que son seres incomprendidos y profundos.

Y, sin embargo, el acto cultural capital, el más hondo, es la lectura. Una actividad que se hace en soledad y en silencio. Sin compañía. Sin cámaras. Sin subvenciones. Cuando no se dispone del dinero necesario para comprar libros propios, que es la ocupación más feliz que existe, uno sólo necesita que estén abiertas las milagrosas bibliotecas públicas, ese refugio que cambió la vida, entre otros muchos, de Ray Bradbury y Bukowski. En Sevilla no disponemos de tanta suerte: los infinitos feriados del personal del ICAS impiden que la red municipal de salas de lectura funcione por las tardes, que es cuando más falta hace, desde mediados de junio hasta mitad de septiembre. No son vacaciones. Es casi un trimestre. Ni los profesores de secundaria disfrutan de semejante licencia; pagada, claro está, con nuestros impuestos.

Al prolongado cierre vespertino de las bibliotecas se suma este año el de la hemeroteca municipal, un servicio esencial para los investigadores, los verdaderos héroes de la cultura a pesar de no posar -ni tomar copas- con ningún político. Por supuesto, las quejas de los usuarios de estas dos dotaciones culturales básicas no preocupan a nadie. Ni las bibliotecas han abierto en las largas tardes del verano sevillano ni los insustituibles fondos de la hemeroteca, la biblioteca sentimental de los periodistas, están disponibles. Hay que joderse.

Al concejal del ramo, Antonio Muñoz, le preguntaron por esta cuestión. El hombre respondió diciendo que la situación estaba dentro de “la normalidad”. ¿Qué es la normalidad? ¿El convenio colectivo del ICAS, que antepone “la salud de sus trabajadores” -trabajar, al parecer, es un mal que desea todo el mundo- a la ilustración general? ¿Es anormal que una ciudad civilizada reclame que sus bibliotecas estén abiertas todo el año? ¿O lo normal en Sevilla es el eterno circuito de los del cirio? Por supuesto, siempre habrá quien se pregunte: ¿Y quién va a ir a leer en agosto a una biblioteca pudiendo organizar una fiesta de la espuma? Pues los lectores pobres, los estudiantes -que siempre son pobres- y los versos sueltos para los que la playa sólo es transitable a partir de las ocho de la tarde, a ser posible con bajamar.

Hasta en las más humildes parroquias de pueblo uno puede encontrar a un sacristán piadoso que en agosto te abre un templo románico para que lo visites. Pero en Sevilla no podemos tener las bibliotecas funcionando a jornada completa porque antes que la Biblia, la Constitución y el Estatuto está, bien lo sabe Dios, el convenio del ICAS, que arrastra un déficit de más de un millón de euros tras la gestión de Paco Cerrejón, experto en tebeos, a quien Muñoz destituyó y recolocó -sin decir niente- como director de programación, como si lo que se programa no hubiera que pagarlo. Muñoz ha prometido remodelar a fondo este organismo cultural municipal. Vamos ayudarle ahora que está en plena tormenta de ideas. Los bibliotecas deben cuidarse más que las exposiciones, los festivales y los años Murillo. Son más baratas y socialmente más rentables. El problema de la cultura en Sevilla no es de dinero. Es de criterio. Esta ciudad no necesita más dotaciones culturales cerradas como la Factoría del Polígono Sur, que no abre ni a tiros. Requiere algo tan prosaico y tan vulgar como que los sevillanos, que son los que pagan a los gestores culturales, usen las que tenemos todos los días del año. Todos. Exactamente igual que los hospitales. Las bibliotecas salvan vidas.

Fuente: Mármol, Carlos, “Las bibliotecas salvan vidas”. [En Línea]. El Mundo. Disponible en: http://www.elmundo.es/andalucia/2017/08/30/59a435ce468aeb614b8b466f.html. [Consulta: 05/09/2017]

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