“En el país de la nube blanca”, de Sarah Lark

 

Mujeres contra viento y marea

Sarah Lark ha encontrado muy bien la tecla que ha enganchado a muchísimos lectoras y lectores a sus creaciones.

Por el volumen podrían echar para atrás a más de uno. Sin embargo, cuando se sube uno a los barcos –en las dos novelas que he leído de ella siempre ha habido un barco que traslada desde Europa hasta Australia o Nueva Zelanda- que se plantean, ya es difícil bajar.

Es muy hábil presentando a personajes que nada tienen de esquemáticos sino todo lo contrario. Sin llegar a la novela psicológica decimonónica, sí que profundiza en la vida y los sentimientos –especialmente en los personajes femeninos- de manera que el lector se implique al máximo y se enganche a vidas que nos trasladan a otros tiempos y realidades bastante distintas de las del día a día cotidiano. Y ahí encontramos otro de los aciertos evidentes de su obra. La buena documentación en cuanto a los usos y costumbres de los colonos que acudieron allí en busca de una vida de aventura, libertad y naturaleza salvaje que muchas veces supone un choque brutal con una realidad que se tenía idealizada.

Esa es otra de las cuestiones muy relevantes de su literatura. Frente a las obras de época que presentaban un territorio idealizado, según se lee en su obra, ella presenta la decepción, el desencanto y la lucha de aquellas mujeres que se subieron a los barcos con la cabeza llena de ilusiones y descubrieron la cruda realidad de un territorio virgen y agreste en el que los hombres poco tenían de la puritana y refinada sociedad victoriana. Intentaban, en la medida de lo posible, las clases más altas, imitar de la mejor manera aquellas comodidades y modales pero de manera muy precaria.

Mujeres que sacaron fuerzas de flaqueza e ingenio para tirar del carro y sentar las bases educativas de una sociedad en la que eran tan necesarias, no solamente como madres, sino como auténticas cabezas de familia en grupos, a veces alcoholizados y embrutecidos que tanto necesitaban de su ayuda.

Formalmente, las casi 750 páginas no son tanto problema, ni por el peso, se trata de un papel muy ligero y flexible; ni por el ritmo, realmente llevadero y agradable. En la cubierta, una mujer de negro, tan negro que hasta la sombrilla es negra pasea por unos acantilados a la orilla del mar bajo un cielo realmente gris. Que la disfruten.

Adolfo Caparrós

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