Breve compendio de bibliotecas perdidas

14743094300439Todo lector apasionado tiene en su imaginación una biblioteca mítica sobre la que fantasear. Borges lo hizo durante toda su vida con la de Alejandría, más de uno dedicó su vida a encontrar la de Iván el Terrible, y numerosos escritores han recurrido a la inventiva para crear sus propias construcciones legendarias erigidas para albergar libros.

Cervantes nos detalló los volúmenes que atesoraba Don Quijote. Umberto Eco imaginó los de El nombre de la rosa y Julio Verne, los del capitán Nemo. Borges se asomó al abismo de una biblioteca infinita, hecha a imagen y semejanza del Universo. Ruiz Zafón ha catalogado los libros olvidados y J. K. Rowling se ha sacado de la chistera toda una biblioteca de libros mágicos. Y para libros mágicos -por cierto-, los que componen la Biblioteca de la Politécnica de Florida, donde todos los documentos archivados son digitales y no hay un solo papel tangible.

De todas las bibliotecas perdidas, la más célebre es la de Alejandría, quizá porque se sabe muy poco con certeza sobre su destrucción. Un primer incendio habría podido producirse cuando Julio César perseguía a Pompeyo; en él pudieron perderse 400.000 de los 900.000 manuscritos que se estima que contenía, si bien Séneca anota que sólo 40.000 rollos se vieron afectados por el fuego.

El hecho es que la biblioteca sobrevivió, pero sólo para sufrir sucesivos saqueos de romanos, cristianos y musulmanes antes de su desaparición definitiva en el siglo VII. Es conocida la sentencia de muerte del califa Umar ibn al-Jattab: “Si no contiene más que lo que hay en el Corán, es inútil y es preciso quemarla; si contiene algo más, es mala y también es preciso quemarla”.

La segunda biblioteca en importancia del periodo helenístico, después de la de Alejandría, fue la de Pérgamo, especializada en filosofía -principalmente la estoica- a diferencia de aquella, que brilló por sus colecciones de literatura y crítica gramatical. Se cuenta, y Umberto Eco lo utilizó abiertamente en El nombre de la rosa, que en Pérgamo se guardaron sin publicarse durante 100 años los manuscritos de Aristóteles, y que únicamente cuando llegaron a Roma, la insistencia de Cicerón hizo que vieran la luz.

El arqueólogo ruso Ignatius Stelletskii se pasó toda la vida buscando la desaparecida biblioteca de Iván el Terrible, compuesta tanto por los muchos libros del propio zar como por los aportados al matrimonio por Sofia Paleologue, sobrina del último emperador bizantino. Entre éstos se encontraban, al parecer, gran parte de los volúmenes de la Biblioteca de Constantinopla -salvados antes de la caída de la ciudad en 1453- y algunos manuscritos de la mismísima Biblioteca de Alejandría.

Stelletskii llegó a excavar bajo el Kremlin en busca de tan magna colección, siguiendo unas pesquisas en las que antes se habían embarcado Pedro el Grande y varios representantes del Vaticano, éstos en los tiempos del regente y luego zar Borís Godunov. Ninguno tuvo éxito. Algunos creyeron que la biblioteca pudo haberse trasladado a otros lugares, como Dyakovo o Alexandrov, pero nadie ha dado hasta hoy con la pista correcta.

En el siglo XII, la universidad budista de Nalanda, en la India, considerada el principal centro de erudición de Asia, fue arrasada por los turcos. Parece ser que podía albergar hasta 10.000 alumnos. En su biblioteca había tantos manuscritos -millones, se asegura-, que, una vez iniciado el fuego, el conjunto tardó tres meses en arder por completo.

Cambiaron los tiempos, pero no las costumbres. La Gran Biblioteca de Bagdad, conocida como la Casa de la Sabiduría, fue presa del saqueo por parte de los mongoles en el año 1258 de nuestra era. Siete siglos y medio más tarde, en 2003, la Biblioteca Nacional de Irak sufrió un incendio durante la invasión estadounidense en el que se quemaron un millón de libros. Días antes, una multitud había saqueado el recinto y se había llevado libros antiguos de Averroes y Avicena, entre otros autores.

Poco antes, en 1992, la Biblioteca Nacional de Sarajevo había sido incendiada en un ataque premeditado de la artillería serbio-bosnia. El fuego fue también el responsable de la destrucción de la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos en el curso de la guerra librada entre Inglaterra y su entonces colonia.

En España, la Guerra Civil hizo desaparecer las bibliotecas que poseían en Madrid escritores como Pío Baroja, Juan Chabás y Pedro Salinas, entre otros. Jesús Marchamalo relata en su obra Las bibliotecas perdidas cómo Vicente Aleixandre tuvo que abandonar su domicilio, y con él sus queridos libros, en una Ciudad Universitaria convertida en frente de guerra al comienzo de la contienda.

Le pidió a su amigo Miguel Hernández que le consiguiera un salvoconducto para ver si la casa se había librado de los bombardeos. No fue así. Hernández llevó a Aleixandre en un carrito de frutero calle Reina Victoria abajo -el Nobel siempre estuvo aquejado de una salud frágil- y juntos comprobaron que allí no quedaban más que las cenizas de sus libros.

Fuente: “Breve compendio de bibliotecas perdidas”. [En Línea]. ElMundo. Disponible en: http://www.elmundo.es/cultura/2016/09/19/57e02facca4741426e8b4668.html. [Consulta: 21/09/2016]

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