Crónica viajera: Semana Santa en Málaga

Desconexión con muchas opciones

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Para entender Málaga, esto ya lo han dicho otros que han escrito sobre Málaga, lo primero que tendría que hacer uno es cerrar los ojos. Dejar que le lleguen a uno las voces, los acentos andaluces, las bromas, los requiebros.

Luego recrearse en el olfato, en Semana Santa puede oler a incienso. No solamente a eso, a mar, si baja uno a la playa; a pescado al carbón en espeto, que es una caña en la que se clavan las sardinas para hacerlas a la brasa; a pescaditos fritos o a tortilla de patata hecha a lo grande, tanto en cantidad como en tiempo.

Entré a tomar una clara para refrescar el paseo matutino y no me pusieron tapa. En un diálogo sin palabras, después de decirme el dueño del local que, posiblemente, había corrido demasiado al pedir la clara, entendí enseguida que las opciones de un café y un mollete con tomate y aceite o un pitufo –el color de Málaga es el azul y las pulgas son pitufos allí, con la caña eran buenas alternativas- habrían sido mucho mejores. Sin embargo, sin hablar de tapa, estaba haciendo esa tortilla de patatas, eran varias, supongo, por la cantidad. El mensaje cifrado y el reto estaban claros, si aguantas a que terminemos la tortilla te ganas el pincho.

Es más, miré por las comandas y el pincho de tortilla no aparecía por ninguna parte. Más claro agua. El hombre estaba preparando el aperitivo para la hora de las cañas.

Sin embargo, el local estaba al nivel del mar. Si uno ha quedado a comer arriba del todo. Por lo pronto, tiene que cruzar tres alamedas, con sus correspondientes procesiones, quizá no a la vez, pero allí una procesión pasa lentamente y el reto de subida continúa.

Por cierto, es precioso ver una de esas procesiones matutinas de abajo arriba. Es decir, con un desnivel considerable que hace que la perspectiva sea totalmente distinta a la que vemos en televisión o en otros lugares. En Málaga juegan con eso y ese es el motivo para que la mayoría de las procesiones pasen por alguna de las alamedas. Me explicaron que había, en su origen, una destinada a seminaristas y clero, otra para los mayores y otra para los jóvenes. Así es esa ciudad. La familia va en paralelo pero no muy mezclada.

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También hay cuatro capuchinos; la calle capuchinos; la carrera de los capuchinos; plaza de los capuchinos y, cómo no, una de las citadas alamedas, la alameda de los capuchinos. El quinto capuchino pretende ser un italiano llamado Alejandro que se ha apuntado a la fiesta.





Tiene una tienda de bordados en la que ha colocado una máquina de coser de los años 70 con la que bordan delantales, sombreros de cocinero y alguna cosa más. Entré a su tienda atraído por ese toque diferente entre tanta tradición. Dije que iba a hacer un reportaje sobre Málaga y poco menos que me pidió dinero y me ofreció invitarme a un capuchino. Si hubiera sido una bella reportera, quizá me habría paseado en una Ducati y si, además de guapa, hubiera sido rica, me habría intentado vender un Ferrari. Lo siento por ti, Alejandro pero demasiado hemos hablado ya de ti.

Cito unos versos de la guerra de la independencia que se reían de las granadas napoleónicas con este pareado: <Con las bombas que tiran los fanfarrones / se hacen las gaditanas tirabuzones> Aporto fotografía de unas cuantas máquinas de coser realmente antiguas de un escaparate madrileño en la calle Guzmán el Bueno.

Quiero citar dos posibilidades también a la hora de disfrutar las procesiones de la ciudad que se pueden compaginar dada la cantidad de horas y de días tanto en la calle como en el canal de televisión de Canal Sur que las relata. La televisión da unos primeros planos magníficos, narraciones expertas con anécdotas, guiños a la audiencia y entre compañeros, ideas a la hora de la creación e información al respecto. Hay una nueva línea que consiste en un estudio profundo de los pasos más relevantes. De esos diálogos que se representan con gestos, símbolos, colores… Es una auténtica delicia, aunque solamente sea desde el punto de vista artístico y cultural, escuchar un rato el trabajo de los compañeros de Canal Sur. Aprovecho para enviar un saludo a Antonio Martínez-Echevarría, hermano sin duda de Alfonso a quien conozco.

No quiero ni debo alargar demasiado esta crónica y voy a despedirme con dos fotografías. La primera se la hice a esta estatua preciosa que es toda una invitación a la paz, a la concordia y a la amistad

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Quiero citar dos posibilidades también a la hora de disfrutar las procesiones de la ciudad que se pueden compaginar dada la cantidad de horas y de días tanto en la calle como en el canal de televisión de Canal Sur que las relata. La televisión da unos primeros planos magníficos, narraciones expertas con anécdotas, guiños a la audiencia y entre compañeros, ideas a la hora de la creación e información al respecto. Hay una nueva línea que consiste en un estudio profundo de los pasos más relevantes. De esos diálogos que se representan con gestos, símbolos, colores… Es una auténtica delicia, aunque solamente sea desde el punto de vista artístico y cultural, escuchar un rato el trabajo de los compañeros de Canal Sur. Aprovecho para enviar un saludo a Antonio Martínez-Echevarría, hermano sin duda de Alfonso a quien conozco.

No quiero ni debo alargar demasiado esta crónica y voy a despedirme con dos fotografías. La primera se la hice a esta estatua preciosa que es toda una invitación a la paz, a la concordia y a la amistad.

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Al día siguiente, pasé por la misma estatua y había un grupo de personas haciendo la foto con la mano replicando a la mano de la estatua. Pedí al grupo que me hicieran una foto a mí y entregué el cuaderno y el libro que llevaba en la mano

La sonrisa de la foto se debe a que el señor mayor a quien le había entregado los trastos los había colocado en su silla de ruedas y se los llevaba empujando a su propia silla y muerto de risa. Es el ejemplo del buen tono, de la broma amable y del sentido del humor de las gentes malagueñas. No dejen de ir.

Adolfo Caparrós Gómez de Mercado

Doctor en Lengua y Literatura

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