Más allá del internet de las cosas.

BEYOND-THE-IOTEl Internet de las experiencias va a cambiar la manera en que funciona el mundo

Los participantes del Internet de las cosas (IoT) tienden a centrarse en dispositivos inteligentes individuales, pero el Internet de las experiencias tiene un objetivo superior: concentrarse en lo que se puede lograr cuando los dispositivos inteligentes trabajan juntos para crear experiencias. Para formar parte del Internet de las experiencias es necesario aplicar un nivel superior de pensamiento estratégico —el Experience Thinking–, pero los resultados también son más prometedores. En 2013, funcionarios de la ciudad de Melbourne (Australia) asignaron un identificador y una dirección de correo electrónico a cada uno de los 70 000 árboles de la ciudad.

El objetivo del programa Urban Forest Strategy era que los ciudadanos pudieran informar de los posibles problemas (enfermedades, ramas rotas, etc.) por correo electrónico. Sin embargo, hicieron más que eso: empezaron a escribir miles de mensajes directamente a los árboles.

Los ciudadanos han enviado sentidas notas a árboles concretos para transmitirles su amor y admiración, compartir recuerdos o expresar su gratitud por la protección contra el sol y el dióxido de carbono que les ofrecen. A veces piden a los árboles su opinión sobre algún tema de actualidad, o simplemente quieren saludarles o pedir disculpas porque su perro les ha cogido demasiada confianza.
En ocasiones, los funcionarios responden a los correos electrónicos en nombre de los árboles. Pero en algún momento no muy lejano, puede que los árboles de Melbourne —provistos de sensores y conectados a redes inalámbricas de bajo coste— empiecen a hablar de verdad, compartiendo una gran cantidad de datos, como la temperatura, la humedad, los niveles de glucosa, el movimiento, etc.

Tales datos pueden utilizarse para preservar y proteger la salud de los bosques urbanos, que desempeñan un papel vital en la mejora de la calidad del aire y el agua, reducen la escorrentía de las aguas torrenciales, bajan la temperatura del suelo urbano, reducen el uso de energía y mitigan las emisiones de gases de efecto invernadero.

Tal es el poder del Internet de las cosas, un fenómeno en que miles de millones de elementos de uso cotidiano —árboles, contenedores de basura, farolas, plazas de aparcamiento, señales de tráfico, carreteras, equipos para hospitales, líneas de fabricación, campos de cultivo y muchas más cosas— incorporan sensores, procesadores y dispositivos de comunicación para transmitir datos valiosos a través de Internet.
En su nivel más básico, el IoT ofrece un medio económico para supervisar y manejar dispositivos a distancia, así como proporcionar los datos y las funciones que necesitan determinados dispositivos para funcionar sin supervisión, como, por ejemplo, un termostato.

De todos modos, como han demostrado los ciudadanos de Melbourne, una vez que las cosas de la IoT están conectadas y se pueden comunicar, se convierten en algo más que «cosas» y pasan a ser parte de una experiencia vital forjada por las interacciones entre personas, lugares y objetos, o entre productos, naturaleza y vida. Se convierten en colaboradores de algo que trasciende al IoT: el Internet de las experiencias.

EL INTERNET DE LAS EXPERIENCIAS

Mientras que los participantes del IoT tienden a centrarse en los objetos — dispositivos inteligentes individuales conectados a una red—, el Internet de las experiencias tiene un objetivo superior: concentrarse en las enormes posibilidades que se abren cuando los dispositivos inteligentes colaboran entre sí para crear experiencias, es decir, servicios innovadores que simplifican y mejoran la vida cotidiana de una forma nunca vista. Si, por ejemplo, un árbol envía el mensaje «tengo una plaga de orugas», desde un ordenador se activará la orden de enviar un dron equipado con los productos necesarios para solucionar el problema. O si una autovía notifica que ha llegado al límite de su capacidad, se activará un dispositivo para redirigir a los automóviles hacia rutas alternativas.

Estas funcionalidades, sin embargo, solo son posibles cuando el fabricante de un dispositivo anticipa cómo puede aprovechar las capacidades de los dispositivos de otras empresas para mejorar la experiencia del usuario. Según los expertos, la clave está en conseguir que el usuario sea la razón de existir de la solución, lo cual es la base de la economía de las experiencias.

«Hemos pasado de una economía puramente basada en el intercambio de materias primas a otra basada en bienes, luego en servicios y ahora en experiencias, eventos significativos en la economía del propósito», afirma Albert Boswijk, coautor de The Economy of Experiences y fundador y director general del Centro Europeo de la Economía de la Experiencia y la Transformación. «La digitalización de los productos y servicios está sucediendo tan rápido que a veces no le vemos el sentido. Pero una cosa es segura, y es que esta transformación digital cambiará el impacto y la profundidad de las experiencias personales.»
Según Boswijk, en este contexto, el IoT es un medio para lograr un fin. «Gracias al Internet de las cosas se pueden digitalizar las experiencias, y todo lo que se puede digitalizar, se puede personalizar. Esto es fundamental, puesto que, por definición, cada experiencia es personal.»

Mientras que gigantes como Amazon y Netflix se han beneficiado de la personalización que favorece la digitalización —un ejemplo de ello serían las recomendaciones de otros libros o películas que le pueden gustar a un cliente teniendo en cuenta sus elecciones anteriores—, el mundo del IoT fomenta la multiplicación de los datos contextuales y de comportamiento, imprescindibles para diseñar y proporcionar experiencias personalizadas. Las empresas que quieren formar parte del Internet de las experiencias añaden valor a su oferta, porque permiten que sus dispositivos compartan datos con otros dispositivos en la red (con el permiso del usuario, por supuesto) y evolucionan a medida que los usuarios se lo piden.

Pongamos como ejemplo el Smart Body Analyzer, un dispositivos de salud y bienestar de la empresa Withings (Issy-les-Moulineaux, Francia). Este dispositivo detecta el peso, el índice de grasa, el índice de masa corporal y el pulso del usuario, e indica la temperatura ambiente y la calidad del aire (especificando los niveles de dióxido de carbono). Puede compartir estos datos no solo con el usuario y su aplicación para smartphones de Withings, sino también con otras aplicaciones que este utilice para controlar su peso e ingesta de alimentos o realizar un seguimiento de la actividad física. El resultado es la capacidad de ofrecer un seguimiento individualizado y proporcionar objetivos, consejos y coaching para ayudar a los usuarios a alcanzar sus metas.

Si todas estas posibilidades se combinasen, por ejemplo, con un frigorífico inteligente, la aplicación de control de peso podría recordar al usuario goloso (con un mensaje en la puerta del frigorífico al intentar abrirlo) que ha alcanzado el límite de calorías de ese día. Y si a esta combinación se le añade una bicicleta estática inteligente, podría recibir un mensaje de texto ofreciéndole una manzana a cambio de 15 minutos de pedalear.
El experto autor y profesor Joe Pine, que acuñó la expresión ‘Economía de las experiencias’ con su colega James Gilmore, considera que, gracias a esta capacidad de personalización, el Internet de las experiencias tiene el potencial de acercar a los consumidores a un mercado totalmente individualizado. «El concepto clave del cliente, que es quien paga a las empresas y entorno al cual gira todo lo que hacen, es la individualidad», afirma Pine. «Es necesario convencer a ese cliente individual, no a un mercado, ni a un segmento, ni a un nicho. Solo a ese cliente individual que vive y respira.» En una economía que ofrece una capacidad infinita de elegir, añade que «la relación de tú a tú que establezca con ese cliente individual será la única ventaja competitiva duradera que va a tener».

EXPERIENCIAS PERSONALES EN EVOLUCIÓN

Las empresas que diseñan para el Internet de las experiencias no solo piensan en lo que deben ofrecer sus dispositivos hoy en día, sino en cómo pueden evolucionar. En el Internet de las experiencias, los productos físicos convencionales son meros vehículos o conductos para proporcionar experiencias en constante evolución. Esta transformación ya es una realidad, puesto que cada vez más llegan a los hogares nuevos productos o actualizaciones de forma virtual, como actualizaciones de software de dispositivos que ya poseen.

Cuando DJI, un fabricante de drones con sede en Shenzhen (China) decidió facilitar el manejo de sus aeronaves no tripuladas y hacerlas más seguras para atraer a nuevos usuarios sin experiencia, no diseñó y lanzó un nuevo producto, sino que programó una actualización de software que añadía nuevos modos de vuelo a los drones existentes. Con una actualización de software incluso transformó la cámara integrada de 1920 x 1080 píxeles de uno de los modelos en una cámara de 2704 x 1520 píxeles. Withings también lanzó una actualización de software para transformar su podómetro Pulse en un nuevo producto, Pulse Ox, que mejora el producto original detectando los niveles de oxígeno en sangre, permitiendo la activación automática y añadiendo cinco nuevos idiomas aparte del inglés.
Del mismo modo, la compañía de domótica Nest (Palo Alto, California) se sirvió de las actualizaciones de software en la tercera generación de su producto Nest Learning Thermostat para ofrecer a sus clientes la opción de ver en pantalla o bien la temperatura o bien un reloj digital o analógico. Gracias a la integración de software, ahora los termostatos de Nest pueden enviar alertas o apagar el sistema de calefacción si se detecta humo o monóxido de carbono con un detector de humo de la misma marca.
De todos modos, ninguna empresa domina mejor que Tesla Motors el arte de transformar productos y experiencias a través de las actualizaciones de software. Cuando Tesla (Palo Alto, California) decidió añadir una función de avance lento a su velocidad de crucero para situaciones de alta densidad de tráfico, emitió una actualización por vía inalámbrica que añadió esta función a toda la flota de vehículos Tesla. Entre las mejoras anteriores introducidas mediante actualizaciones de software destacan el frenado automático de emergencia, advertencias sobre colisiones delanteras y laterales, así como la capacidad de evitarlas, navegación basada en el tráfico, consejos de viaje, detección de estaciones de carga en un determinado radio de distancia para evitar problemas de carga y capacidad de arranque a distancia a través de un smartphone.

Con su próxima actualización de software, Tesla planea añadir la función de «autodirección», gracias a la cual el sedán Modelo S pasará de ser un vehículo inteligente a conducirse solo, con una función de aparcamiento automático que permitirá a los conductores llamar a su coche desde la plaza de aparcamiento mediante su smartphone. En su blog, Tesla afirma que el «Modelo S mejora mientras el conductor duerme. Cuando se despierta, puede parecerle que conduce un coche nuevo gracias a las funciones añadidas, al mayor rendimiento y a una mejor experiencia de usuario. Queremos mejorar los automóviles de formas que ahora parecen imposibles».

INGENIERÍA Y DISEÑO DE SISTEMAS

La estrategia de Tesla demuestra que, si se hace bien, el Internet de las experiencias puede lograr que servicios y actividades de gran complejidad sean sencillos, prácticos y fáciles de implantar. En la práctica, sin embargo, fusionar productos, servicios, software, contenidos, tecnología y datos en una experiencia dentro del mundo hiperconectado y multidireccional del Internet de las experiencias sigue siendo una tarea compleja.

Pongamos como ejemplo el termostato inteligente de Nest. Sin necesidad de programación, este dispositivo crea un hogar confortable y seguro porque detecta las preferencias personales y las actividades cotidianas de un usuario y se adapta a ellas.

Por dentro, el termostato es un sistema complejo de sensores, software, procesadores, dispositivos de comunicación, fuentes de energía, estructuras, cables y pantallas. Cada uno de estos elementos es fruto del trabajo de un equipo de ingenieros especializados en diferentes ámbitos, que asimismo tienen que colaborar con los técnicos de calidad y los profesionales de ventas y marketing para lograr el funcionamiento (es decir, la experiencia) que satisfará al cliente
El dispositivo en sí es complejo, pero no funciona solo. Para ofrecer el máximo valor, estos termostatos se están integrando en sistemas domóticos inteligentes más grandes, que pueden estar fabricados por Nest u otras empresas. Por lo tanto, no solo debe funcionar como un sistema autónomo compuesto por subsistemas complejos, sino también como un entramado de sistemas mucho mayor, desde un sistema domótico inteligente hasta una red eléctrica local, regional, nacional o continental.

«Un hecho importante sobre el IoT que debemos recordar es que las cosas se comunican con otras cosas», explica Pine. «Un día, cuando apague el despertador al levantarme, este enviará una señal a la casa para que encienda la calefacción y active la cafetera, que, a su vez, enviará una orden a mi coche para que se vaya calentando porque hace un día frío en Minnesota. Los clientes podrán diseñar un entorno completo ideal para su vida cotidiana. Las empresas tienen que pensar cómo se integran las experiencias que ofrecen en un contexto holístico mucho más amplio.»

Las estrategias para abordar dichas dependencias y complejidades pertenecen al ámbito de la ingeniería de sistemas, un enfoque interdisciplinar y colaborativo para diseñar, crear y gestionar sistemas complejos que interactúan para lograr un comportamiento que no se podría conseguir con ninguno de los elementos individuales que conforman el sistema.

«El Internet de las cosas tiene que ver con la ubicuidad de estar conectado», expone John Blyler, profesor adjunto de ingeniería de sistemas de la Universidad Estatal de Portland (Estados Unidos), que también dirige la publicación IOT Embedded Systems. «La conectividad trascenderá a las distintas disciplinas. Que todo esté conectado significa que tendremos que eliminar un montón de áreas estancas. Los distintos equipos deberán trabajar juntos bajo la batuta de la ingeniería de sistemas para que la estrategia de IoT de una empresa funcione.»
El reto se vuelve aún mayor cuando estos sistemas complejos forman parte del sistema más grande jamás creado: un sistema a ultra gran escala (ULSS), lo que se conoce como el Internet de las cosas, que incorporará dispositivos de cientos de miles de fabricantes, con objetivos y enfoques distintos (a veces, incluso, contrarios). «La práctica actual de la ingeniería va por delante de la ciencia», observa Hillary Sillitto, miembro del International Council on Systems Engineering (INCOSE) y autora de Architecting Systems: Concepts, Principles and Practice. «Estamos creando sistemas que no sabemos cómo caracterizar o analizar, y cuyo comportamiento es imposible predecir con certeza.».

EXPERIENCIAS VITALES EN EVOLUCIÓN

A medida que las organizaciones trabajan en el enorme reto de dominar y eliminar las complejidades —un elemento crítico de una experiencia positiva—, en opinión de Pine es fundamental «mantener al cliente como pieza central y recordar que no producen cosas para el Internet de las cosas, sino que crean experiencias vitales en evolución en el contexto del Internet de las experiencias».

Volviendo a Melbourne, el olmo n.o 1022165 y el ciudadano «F» están construyendo una relación que ejemplifica esta distinción. Hace unos años quizá «F» se habría limitado a pasear junto al árbol 1022165, pero ahora están conectados. En palabras de «F», «no tenemos mucho en común porque eres un árbol, claro, pero estoy contento de que formemos parte del mismo entorno». ◆
DATOS SOBRE EL IOT

Los analistas calculan que ya están conectados a Internet o a redes privadas entre 6000 y 14 000 millones de dispositivos (sin contar smartphones, tabletas, ordenadores y dispositivos similares). En 2020 se prevé que existan entre 18 000 y 50 000 millones de dispositivos conectados y que el IoT se convierta en un mercado con un valor de, como mínimo, entre 300 000 millones y 1,7 billones en todo el mundo (dependiendo del medio que hace la previsión).

Los dispositivos inteligentes conectados están cambiando el aspecto de hospitales, casas, oficinas, fábricas, campos agrícolas, redes de transporte y redes eléctricas de todo el mundo. En su informe de 2015 titulado Internet of Things: The Complete Reimaginative Force, Tata Consultancy Services encuestó a 3764 directivos y llegó a la conclusión de que el 79 % ya utilizan tecnologías del IoT para hacer un seguimiento de sus clientes, productos, mercados o cadenas de suministro. En las unidades de negocio que participan en sus iniciativas de IoT, las empresas encuestadas observaron un aumento medio de los ingresos del 16 % en 2014, mientras que en aquellas empresas que, según Tata, son modelos de mejores prácticas, el incremento medio de ingresos fue del 64 %.

¿Qué distingue a las empresas que implantan mejores prácticas de las que no? Si bien en el estudio se identificaron siete características en total, las empresas líderes enfatizaron que el cliente y el valor que se le aporta están en el epicentro de sus estrategias. Según el informe, las empresas líderes que adoptan el IoT en una fase temprana «tienen más posibilidades de rediseñar sus negocios en el ámbito digital y aportar más valor tanto para ellas mismas como para sus clientes».

Fuente: Wilber, Laura, “Más allá del internet de las cosas”, [En Línea]. Compass. The 3D experience Magazine. Disponible en: http://compassmag.3ds.com/es/8/TEMA-DE-PORTADA#/es/8/TEMA-DE-PORTADA/MAS-ALLA-DEL-INTERNET-DE-LAS-COSAS. [Consulta: 16/01/2016]

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