Última ronda, de Arno Camenisch

Última ronda, de Arno CamenischHoy recomendamos una obra que está a caballo entre dos estilos. Uno de ellos entra en la tradición de las veladas. Es decir, partiendo del origen de los diálogos platónicos y aristotélicos la obra que relata una velada plantea un encuentro de varios personajes que van departiendo en un escenario fijo. Un ejemplo sería El cortesano, de Baltasar de Castiglione. Allí se departe sobre las características que debe tener un buen cortesano.

Unos van entrando, otros salen y entre todos nos tienen enfrascados en una lectura amena y variada ya que cada personaje aporta sus opiniones. Otra obra célebre de esta tradición es Las veladas de San Petersburgo o Coloquios sobre el gobierno temporal de la Providencia, de Joseph de Maistre. Por último mencionaremos también una obra que se inspiró en esta tradición, nos referimos a La máquina: la superación de Leviathan, de José Villacís.

En todo caso, hay otra tradición similar y paralela que ha dado lugar a un montón de series y obras de teatro. Se trata de un escenario único, un bar o taberna en la que igualmente entran y salen diversos personajes. La serie por excelencia que todos conocerán es Cheers, recuerdo también una obra de teatro titulada La posada, de Carlos Fernández Primitivo y cada lector pensará sin duda en un buen puñado de títulos bajo estas circunstancias.

En definitiva, la obra que hoy recomendamos, Última ronda, de Arno Camenisch retoma un modelo de éxito para ofrecernos un relato ambientado en Suiza donde la circunstancia de una lluvia incesante hace que la vecindad vaya refugiándose en la taberna del pueblo.

En ese punto de encuentro van encadenándose conversaciones, anécdotas, reflexiones que tienen esa filosofía tabernaria que quizá no tenga la profundidad ni la base cultural de los grandes discursos pero que a su vez engancha muy bien con el público porque en el fondo, cuando reflexionamos para nosotros mismos lo hacemos con un tono mucho más aproximado al del libro que al de Descartes, por poner un ejemplo.

No hace tanto reseñé, El puente, de Carlos Gorostiza. Allí había una especie de coro de teatro clásico que tenía el tono del libro de hoy. Eran las conversaciones de los chicos de la barra. La edición apuntaba cómo Gorostiza defendió a capa y espada esas escenas cuando se adaptó la obra a la escena española ya que consideraba que era la sal y la pimienta de su obra.

Formalmente estamos hablando de un libro ultraligero de menos de cien páginas, de letra cómoda, no piensen que se trata de un libro de letra pequeña, presentación correcta y agradable y acompañante más que oportuno para aliviar esperas varias sin necesidad de soportar sobrepeso o un tamaño excesivo. En la cubierta, un fondo verde esperanza soporta círculos concéntricos que desembocan en la espuma de esa última cerveza que da título a la novela. Que la disfruten.

Adolfo Caparrós Gómez de Mercado

Doctor en Lengua y Literatura  

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