Voces eternas

voces eternasEl presente texto es una versión parcial de la primera parte de la serie “De tablillas y papiros: ensayos sobre la lectura y la escritura en la Antigüedad”, publicado como pre-print en E-LIS.

  Un hombre ha muerto, su cadáver está en la tierra. Cuando toda su familia haya perecido será la escritura la que le permita ser recordado, en la boca del que recita las fórmulas. Los papiros son más útiles que una casa bien construida, y que capillas en el oeste; son más perfectos que torres de palacios, y duran más que un monumento en un templo. Párrafo 6 del texto conocido como “La inmortalidad de los escritores”. La escritura inmortaliza a quienes nos antecedieron y lo que les aconteció de una manera única; son los papiros y no los templos, los palacios o los monumentos, quienes mejor salvaguardan su recuerdo.

Esa es la idea que quiso transmitir el escriba egipcio que redactó el texto de la cita anterior, hace unos tres mil años. Una idea, por cierto, que ya llevaba alrededor de veinte siglos resonando en las escuelas de escribas del valle del Nilo y en los depósitos de tablillas de la vecina Mesopotamia, las regiones en donde se dieron los pasos más tempranos en la aventura de reproducir la palabra hablada en signos.  ¿Para qué moldear la voz humana en piedra, en arcilla o en tinta? ¿Para qué, si durante milenios las sociedades humanas no han necesitado más soporte que su memoria ni más canal que su voz para transmitir sus conocimientos? Incluso cuando la escritura dejó de ser patrimonio de un puñado de exclusivos sectores sociales, o cuando hoy una parte nada despreciable de la historia y los saberes humanos circulan a alta velocidad por las modernas “autopistas de la información”, la transmisión oral continúa activa y vigente. Ocurre que la memoria humana tiene dos handicaps bastante evidentes. Por un lado, es limitada.

Puede almacenar cierta cantidad de datos, e incluso relacionarlos entre sí para convertirlos en información, pero hay barreras que no puede superar. Llega un momento en que necesita de algo en lo que apoyarse. Por el otro, es lábil. Tiende a cambiar, a modificar fragmentos de los recuerdos que conserva, a adaptarlos a nuevas circunstancias o a ciertas conveniencias, o a eliminarlos sin mayores explicaciones. Esto llevó a que la palabra dicha (aún delante de testigos) nunca fuese, a la postre, más que aire: podía olvidarse o tergiversarse, y pocas veces servía como prueba incontestable de un acuerdo, de una transacción, de un negocio o de un compromiso. Algo similar sucedía con las leyes, los mandamientos religiosos o las órdenes, a las cuales la oralidad volvía endebles, o con los mensajes, que podían distorsionarse o perderse.

El uso de recursos que sirvieran de “muletas” a la memoria (mnemotécnicos) se remonta al menos al Paleolítico: los cazadores del periodo aziliense, que habitaron los Pirineos hace 12.000 años, ya pintaban cruces, rayas, puntos y otros diseños en guijarros, probablemente para contabilizar algo cuyo significado se perdió junto a quienes se lo dieron. Las propias pinturas rupestres podrían haber sido realizadas para dejar testimonio de actividades y aventuras, más allá de lo recordado y lo narrado.

El método dio un enorme salto cualitativo hacia el 4000 a.C., con el surgimiento de las primeras grandes sociedades urbanas en el valle y el delta del Nilo, y entre los ríos Tigris y Éufrates. En ese contexto no solo era necesario llevar la contabilidad de enormes cantidades de tributos, mercancías almacenadas o bienes en depósito, sino que era preciso asentar transacciones económicas, cerrar contratos, enviar correspondencia oficial entre ciudades-estado, y registrar códigos y medidas legislativas, todo ello de forma fidedigna, sin posibilidad de olvidos o distorsiones.  Los signos empleados hasta entonces como “ayuda-memorias” se fueron adaptando y enriqueciendo, y terminaron por convertirse en la primera forma de escritura conocida por el ser humano. Fue así como las tempranas sociedades urbanas comenzaron a confiar sus datos –al menos los administrativos y legislativos– directamente a soportes físicos externos. La escritura permitió entonces recordar cantidades exactas, sin margen de error; zanjar disputas y reclamar el cumplimiento de contratos; volver a leer instrucciones… Gracias a ella, la información se transformó en un elemento con presencia física que podía almacenarse, transportarse y recuperarse cada vez que fuese preciso.

La historia de la lectura arrancó, pues, con una larga serie de esquemáticos listados, de apuntes comerciales y de anotaciones en las que predominaron cifras, fechas, productos y nombres de lugares y personas. De hecho, la escritura sumeria se desarrolló “no para reproducir un discurso hablado pre-existente, sino para conservar en la memoria pedazos concretos de información”: secuencias de nombres, verbos, números y adjetivos que se agrupaban para crear un dato en concreto. Pasarían algunos siglos hasta que aquellos que dominaban el arte de traducir las palabras en signos y viceversa se animaran a plasmar otros textos, otros discursos, otros relatos. Lo que hoy consideramos “literatura” continuaría siendo oral, habitando el aire y las voces de los narradores.

Un lugar que, en ciertos casos, jamás abandonó del todo.  Con el diario ejercicio de sus nuevas destrezas, aquellos que empleaban la escritura descubrieron un rasgo que marcaría para siempre el uso del alfabeto (y, posteriormente, el de la imprenta): tras cumplir sus objetivos, los textos escritos, tuvieran la función que tuvieran originalmente, sobrevivían a sus autores. Eran capaces de superar las fronteras impuestas hasta entonces por el tiempo y transmitir los mensajes que codificaban a generaciones aún por llegar. Al ser escrita, la voz humana se volvía eterna; años, incluso siglos más tarde, otra voz podía leer las palabras grabadas, recitarlas y traerlas nuevamente a la vida. Las ideas y sus creadores no morían jamás. Era lo más parecido a la inmortalidad que esas sociedades pudieron imaginar.  Definitivamente, la escritura estaba cargada de magia. Y de poder. No es extraño, pues, que entre los primeros usos que recibió se encontrara también la creación de inscripciones monumentales que proclamaban a las edades futuras la magnificencia de los reyes, la valentía de los generales y la bondad de los sumos sacerdotes.

Las puertas de sus capillas están deshechas, sus sacerdotes se han ido. Sus lápidas están cubiertas de lodo, sus tumbas han sido olvidadas, pero sus nombres se recitan en los papiros escritos cuando eran jóvenes. Ser recordados los transporta a los límites de la eternidad. “La inmortalidad de los escritores”, párrafo 4. Si bien la eternidad que garantizaba la escritura estuvo potencialmente al alcance de todos, en la práctica quedó en las manos de unos pocos: los escribas que podían aprender a manejarla y, sobre todo, aquellos a quienes tales escribas servían. La inmortalidad de las palabras grabadas quedó reservada, pues, para los pudientes y los poderosos, para sus discursos, sus “actos” y sus “memorias” (o, más concretamente, para aquellas que deseaban legar). La vida de generaciones y generaciones de seres humanos a lo largo y ancho del mundo apenas si dejó huella en los textos escritos, algo que no debería sorprender a las actuales generaciones: al fin y al cabo, con otros protagonistas y otros medios, la eternidad sigue siendo terreno privado.

Fuente: Civallero, Edgardo . “Voces eternas”. [En Línea]. Bitácora de una Bibliotecario. Disponible en: http://bitacoradeunbibliotecario.blogspot.com.es/2013/08/voces-eternas.html. [Consulta: 05/09/2013]

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