La velocidad de la luz, de Javier Cercas

La velocidad de la luz, de Javier CercasCuando lo lógico hubiera sido iniciar la Biblioteca Javier Cercas con Soldados de Salamina, su gran éxito, tras la lectura, se comprende perfectamente que la obra elegida para este estreno haya sido la que hoy nos ocupa, La velocidad de la luz, de Javier Cercas –Editorial Random House Mondadori- Cuenta en el prólogo el autor que si la primera supuso el empujón definitivo a su carrera de escritor, la segunda, La velocidad de la luz, le aportó muchos menos lectores. A cambio, muchos de ellos son auténticos defensores a capa y espada de la obra, lo que supone un tipo de alegría distinto, pero también muy gratificante.

Se da la circunstancia de que fue publicada inmediatamente después del aldabonazo de Soldados de Salamina, lo que anticipaba grandes expectativas al respecto. Desde ya quiero felicitar a Javier Cercas porque en esta novela hace algo reservado a los grandes genios de la literatura que consiste en crear ese personaje inmortal que, al igual que Leopoldo Bloom, de James Joyce, o Don Quijote de la Mancha, el inolvidable personaje cervantino, será uno de esos tipos que se nos vendrán a la cabeza en muchos momentos a la hora de explicar un acontecimiento o de recordar una obra maestra.

Este personaje inmortal se llama Rodney Falk, y al igual que Don Quijote, tiene muy mermadas sus capacidades mentales. En este caso, a pesar de ser también un ávido lector, su dolencia se debe a su participación en la Guerra de Vietnam. Les reto a que lean la historia desde esta perspectiva, desde la búsqueda de la identidad de este hombre enigmático y absolutamente apasionante que provocará posiblemente que quieran leer la novela de un tirón.

Considero un acierto que toda la trama, el resto de personajes, los lugares o cualquier otra circunstancia del libro estén realmente supeditados a la presencia ineludible de este gigante desgarbado que nos puede recordar por momentos a otro gran figurón del cine –Forrest Gump-, el nuestro se llama Rodney Falk. Por semejanza con otros grandes novelistas, recordaba otros dos tipos magistrales de la novela española contemporánea que agrandan sin duda el mito literario de sus creadores y nos han dado, y posiblemente, nos darán, más horas de lectura gratificante, me refiero a Jacobo -o Jaime- Deza, de Javier Marías y a Rubén Bevilacqua, de Lorenzo Silva. Habrá muchos más, pero considero que son tres de los personajes más emblemáticos de nuestras letras contemporáneas. Repararán ya nuestros lectores en que se me puede incluir entre los admiradores incondicionales de La velocidad de la luz, y por tanto, la recomiendo con la seguridad que tenía el médico citado en el prólogo cuando su paciente disléxico le comentó que había leído una novela de un tirón. Al conocer el título, el comentario del médico fue que esa lectura se debía a la excelencia de la novela y no a una curación milagrosa.

El aspecto formal nos presenta un objeto realmente relevante en la historia, al igual que era importante la cadena de oro de La Celestina, o el yelmo de Mambrino de Don Quijote, nos referimos a un mechero Zippo muy desgastado que nos remite al Vietnam profundo. Un tamaño manejable, de tapa dura y buena letra nos presentan el libro ideal para llevar en la mochila sin demasiado peso y con la consistencia suficiente para no sufrir las inclemencias de la piscina. Que la disfruten.

Adolfo Caparrós Gómez de Mercado Doctor en Lengua y Literatura

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