La cebolla hipertextual. 72ª Feria del libro de Madrid

CARTEL~1Observando el cartel de la 72ª Feria del Libro de Madrid, me ha llamado significativamente la atención, que aunque Juan Gatti, el diseñador, dice que ha pretendido reivindicar la importancia del libro impreso y del papel frente a las propuestas digitales, lo que realmente ha diseñado es un entorno de realidad virtual en donde el libro (el objeto libro) se convierte en un espacio en 3D y sitúa al personaje a punto de traspasar esa puerta para introducirse en el objeto mismo y en esa experiencia que es la lectura.

El lector se adentra en la lectura, penetra en el libro y en la aventura de leer y pasa del claroscuro al color. ¿No es la misma metáfora que suele utilizarse en el medio digital -aunque en este caso se prefiere una ventana en lugar de una puerta-, donde el lector o el visitante se adentran en las entrañas de la información, recorren el espacio informativo y, en suma, viven una experiencia apasionante?

“No te adaptes a la carretera, sé la carretera”, decía un anuncio de coches en el que Bruce Lee, quien antaño lo resolvía todo a mamporrazos, afirmaba: “Be water”, sé agua. Ese dejarse fluir, vivir el objeto desde dentro y no con la razón contrasta con la tradicional consideración de la lectura como actividad eminentemente intelectual.

En algún sitio estará el término medio entre los intelectuales a la vieja usanza (los que hoy desdeñan los nuevos medios digitales y sus posibilidades para la expresión, la educación, la democratización y el acceso a la cultura) y la nueva hornada frikilandia, nacida al albur de la parquetematización y mercantilización de eso que hoy llaman las industrias culturales, para quienes cualquier intento de abstracción más allá del vivir y sumergirse en las pantallas, dejándose llevar por la corriente sin pensar, es antediluviano y plúmbeo.

Una vez enterrado el sombrío y solitario capitán Nemo en las entrañas de la isla misteriosa desaparecida en el océano bajo las erupciones de un volcán, han surgido numerosos navegantes y exploradores –grumetes, pilotos, marineros expertos, corsarios y bucaneros- que bogan, avanzando a toda máquina, en un Nautilus social hoy sumergido, pero que tarde o temprano emergerá.

Porque aun quedan muchos mares por explorar más allá del capitán Alatriste, soldado de los Tercios Viejos, Grande de España y espadachín a sueldo; y más acá de Vulcano, patria de Spock, miembro de la flota estelar del Enterprise.

Los llamados intelectuales han desdeñado, desde siempre, la cultura de la imagen y no digamos, la cultura del audiovisual. Y siguen levantándose voces contra la cultura digital dejándose llevar por la ignorancia en vez de basarse en criterios sólidos y en un pensamiento analítico y crítico reales, pues lo que no se conoce no se puede analizar, y mucho menos apreciar.

Todos conocemos la temperatura a la que arde el papel, pero pocos comprenden (y menos aun los intelectuales que desdeñan la cultura digital) el milagro de poder diseñar bibliotecas enteras, a partir de los cambios discretos de un exiguo electrón.

Aquí no estoy hablando de tecnología, sino de cultura. Porque ya es hora de que los suplementos culturales de los periódicos de mayor tirada, incluyan o se refieran de vez en cuando, a las nuevas formas de hacer y compartir cultura y a las aportaciones que tanto Internet como los medios digitales, están suponiendo para el mundo del arte, de la información y del conocimiento en general, en vez de limitarse a publicitar cada nuevo cachivache bajo el epígrafe de Tecnología, o de colgar la bandera de las dos tibias y la calavera a los barcos que navegan sin bandera.

Como dijo Ray Bradbury: “Hay que tener mucho cuidado con los intelectuales y los psicólogos, que te intentan decir lo que tienes que leer y lo que no”. Yo añadiría que, cuidado también con los psicólogos del marketing cultural para quienes el libro es únicamente un producto o una marca que hay que posicionar en la mente del consumidor.

El libro no es únicamente un producto, pero tampoco un objeto sagrado. Hay libros buenos y malos estén estos en papel o en soportes digitales. El mismo spam existe en papel que basura informativa hay en Internet y en ambos medios podemos encontrar verdaderas joyas y tesoros bibliográficos.

Cada medio tiene su función y si para la narrativa, en general, el papel sigue siendo un medio muy útil; para las revistas y la prensa escrita, diccionarios, enciclopedias, manuales y obras de referencia, literatura gris, narrativa infantil, libros de texto y de divulgación científica, etc; el medio digital es el ideal, puesto que permite una actualización continua y un acceso directo al contenido, además de permitir el aparato critico y referencial, y poder enriquecer el texto con contenidos multimedia.

En contra de lo que suele pensarse ya que el hipertexto permite, mediante los enlaces semánticos, saltar de una información a otra, el hipertexto es, sobre todo, útil para la información muy jerarquizada y estructurada.

Los enlaces sirven no sólo para las conexiones semánticas y lógicas, sino para configurar y estructurar el propio espacio informativo. Y este puede acompañarse de herramientas como índices, tablas de contenido, barras de navegación de todo tipo: generales, locales, contextuales, funcionales, referenciales, etc.

De ahí que las revistas y la prensa escrita sean el medio ideal para aplicar el modelo hipertextual pues no sólo permite combinar imagen, texto, audio y audiovisual, infografías y mapas dinámicos, sino también estructurar el propio espacio informativo jerarquizando los temas con distintos tamaños y tipografías o disponiendo los bloques de información según sea esta más o menos relevante, pero también permitiendo que el lector pueda ampliar o profundizar en la información que le interesa haciendo clic sobre un enlace.

La información hipertextual puede presentarse como las capas de una cebolla, superponiendo diferentes asuntos del mismo tema en capas temáticas relacionadas, o profundizando en el tema hasta llegar al corazón de la hortaliza.

Y todo ello sin perder de vista que podemos combinar nuestra cebolla con otros tubérculos y plantas con rizoma para condimentar, al fin, una suculenta y nutritiva menestra que podemos degustar solos o en compañía, pues la digitalidad revela el milagro de la multiplicación de los panes y las cebollas donde de un único plato accesible, comen miles. Y el contenido del plato nunca se vacía.

Y lo que es más interesante para los bibliotecarios y documentalistas, en la capa superior que forma parte de la  propia cebolla y que suele ser muy fina y de color marrón, podemos incluir metadatos con los que identificar y describir la cebolla, así como extractar su contenido: nombre científico y clase, localización en el espacio, a qué huerto pertenece, quién ha plantado la cebolla y cuándo, en qué lengua se expresa, si el cultivo ha sido orgánico o transgénico, con qué otras cebollas mantiene relaciones, etc.

Que ya se encargarán los fisgones buscadores, cuando pidamos un menú a la carta, de recolectar los metadatos y servírnoslos en las bandejas de búsqueda, a los posibles usuarios.

Si los primeros hipertextos eran tristes cebollas bastante enmarañadas, ahora existen espléndidos campos de cebollas perfectamente irrigados, con caminos de acceso correctamente planificados y señalizados, ya se trate de huertos industriales o plantados a mano. Y que huelen como huelen las nubes del anuncio o sea, a cualquier cosa que no sea una cebolla y allí donde la imaginación nos lleve.

El poder profundizar en un tema concreto, referenciarlo, conectar con otros asuntos y poder desarrollar la información con distintos niveles de profundidad y amplitud ha dado lugar a un nuevo tipo de documento (el documento hipertextual) e incluso a un nuevo tipo de periodismo, el periodismo documental.

De igual forma, el poder acceder, tratar y vincular los datos de forma dinámica e interactiva, está dando origen a lo que se denomina periodismo de datos. Esto es, tratar los datos en crudo para reelaborar la información y mostrarla en forma de infografías, gráficos dinámicos e interactivos, pues a veces la información entra mejor por la vista, y de golpe, que por el oído.

La visualización de datos es una rama del nuevo periodismo con mucho futuro por delante. La objetividad y la transparencia informativa debieran referirse a tener acceso a los datos en crudo y no previamente cocinados por grupos mediáticos, lobbies empresariales, administraciones o gobiernos, sean estos más o menos democráticos.

El acceso abierto se refiere no a que los documentos generados y producidos por el sector público nos los sirvan maquetados en un simple pdf, sino a que los datos y las bases de datos generadas por la producción científica y técnica financiada con fondos públicos, sean tratados con estándares y protocolos para datos abiertos y vinculados con el fin conseguir la integración de datos y generar bases de conocimiento.

Es lo que los informáticos denominan sistemas expertos que no es ni más ni menos que una base de datos que representa objetos, relaciones y reglas mediante un lenguaje y un vocabulario de representación entendible por máquinas, sobre un campo concreto del conocimiento (ontología), para que a los humanos nos resuelvan las dudas en una consulta.

Ojo, hablo de datos, que los agentes de software no nos van a resolver la vida a nadie aunque nos tumbemos en un diván online. Seremos nosotros, los humanos, los que actuaremos en consecuencia.

Quizás esto no tenga mucha importancia en una biblioteca pública local, pero sí en las bibliotecas universitarias especializadas y, en general, para el desarrollo científico y técnico de este país, y para la transparencia y buen gobierno de la Administración.

Para ello no haría falta crear organismos ad-hoc, consejos independientes u otras pamplinas, sino que sería necesaria una caterva de documentalistas y bibliotecarios aplicando estándares abiertos y vinculados de metadatos en todas las oficinas de las Administraciones donde se generaran datos de interés público.

Esa es la verdadera transparencia, pero a quienes va a dirigida y que son precisamente quienes están gestando una ley sorda y muda, no saben siquiera de qué estamos hablando.

En un mundo hipertecnologizado e hiperconectado la tecnología cansa y muchas veces nos refugiaremos en el papel y en el libro tradicional. En otros casos, escogeremos el medio digital. Como dice la canción depende, todo depende.

En cuanto a la copia, por supuesto que esta es mucho más fácil en la red, pero la clonación no es patrimonio de Internet. En el mundo de la imprenta el uso y abuso de ciertos temas que ya se fecundan in vitro de 3 en 3 o de 6 en 6 y con derechos de emisión audiovisual incluidos, también cansa o… cansará.

El mundo de la imprenta, además de sufrir una cansina y pavorosa invasión de zombis y vampiros, hoy está infestado de replicantes. La originalidad no es una mercancía en alza en el panorama editorial impreso.

Los demonios e infiernos, los códigos y las cámaras secretas, el uso y abuso de bibliotecas, museos, catedrales, santos griales, etc; como fondos de pantalla para la literatura hecha en papel, es un virus que se propaga con tanta virulencia como la peste negra lo hizo en el medievo. Esperemos que a la crisis del capitalismo global, le sucedan un Humanismo 2.0 y un Renacimiento 3.0

La lectura es casi siempre nutritiva y muchas veces refrescante, a través de las pantallas o en papel. No hay por qué decantarse por uno u otro medio. Lo único que ha sucedido es que se ha ampliado la panoplia de posibilidades, podemos elegir.

La función de las bibliotecas es permitir el acceso a la cultura para que sean los propios individuos quienes decidan sobre sus gustos y necesidades de lectura; y la función social de las bibliotecas es también ayudar a que los ciudadanos desarrollen un pensamiento crítico, analítico e incluso creativo en relación a sus lecturas y… a sus vidas. Sin presiones del Estado o del Mercado. Que hoy no se sabe cuál de los dos es el verdadero Leviatán.

Aunque el libro sea la respuesta, en el mundo actual no todo está en los libros o, por lo menos, en los libros en papel.   El libro más leído en la actualidad no es el Quijote ni las obras de Shakespeare, sino el gran hipertexto de la World Wide Web.   La sustancia de un documento es la información, y la sustancia del (hiper)documento del siglo XXI es la información CONECTADA.   A pesar de que la digitalidad permite virtualizar los dispositivos (p.e. reproductores multimedia virtuales), cada vez proliferan más los cachivaches y dispositivos. Cabría preguntarse si tiene sentido la edición en formatos y dispositivos cerrados, en formatos no estandarizados o en formatos propietarios que no son de dominio público   A efectos del acceso, búsqueda y recuperación de la información ¿es útil la información en dispositivos cerrados? ¿Cómo evitar la obsolescencia tecnológica? ¿Y la obsolescencia programada por las marcas comerciales de los dispositivos (hardware y software) propietarios? ¿Tienen sentido hipertextos cerrados que no se abren a la red de acceso universal en línea?

El viejo fetichismo que existe en torno al objeto libro, se está trasladando a los nuevos contenedores y dispositivos digitales (móviles, tablets, ebooks, etc.), volviendo a minimizar el contenido, cuando los medios digitales actuales hacen posible, incluso, librarse del fetichismo de la mercancía en la producción y el acceso a la cultura. Pero estamos hablando de una cultura y una sociedad nuevas.

Hay una cultura que emerge más allá del papel, un mundo digital en el que caben todos los libros, todas las bibliotecas, museos, archivos, ideas, acciones y conversaciones y… todas las cosas que el pensamiento humano es capaz de imaginar y compartir.

El libro no debería ser la respuesta, más bien debería ser el umbral de una puerta desde la que hacernos muchas, muchísimas preguntas.

Fuente: Lamarca Lapuente, María Jesús. “La cebolla hipertextual. 72ª Feria del libro de Madrid” [En Línea]. La Artes@Digital. Disponible en: http://artesadigital.blogspot.com.es/2013/06/la-cebolla-hipertextual-72-feria-del.html. [Consulta: 6/06/2013]

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