La edad de los milagros, de Karen Thompson Walker

El apocalípsis de Karen Thompson, ofrecido por la editorial Grijalbo, es tan inquietante como el de San Juan, aunque menos violento, quizás. La idea tiene mucho de fin del mundo, pero no de un fin del mundo con juicio final, sino de la muerte del mundo, tal y como lo concebimos, para la llegada de otro nuevo y misterioso.

Este mundo nuevo llega por algo tan simple como un frenazo en la velocidad de La Tierra al girar. Poco a poco, los días ya no son de veinticuatro horas. Al principio son pocos los que se dan cuenta, pero en unas fechas la cosa va a más, hasta llegar a un momento en que el reloj de la cocina marca las tres de la tarde y es noche cerrada.

Una de las gracias de la obra es ver cómo las instituciones van reaccionando ante esa situación. Primero avisan al amanecer de a qué hora va a abrir el instituto para luego imponer el horario que marcan los relojes, independientemente de que sea de noche o de día.

Si hay una edad especialmente capaz de adaptarse al nuevo mundo esa es la de la protagonista, una adolescente que va narrando lo que pasa desde su mundo de instituto. Ella ve con sorpresa como su abuelo interpreta una conspiración gubernamental; cómo su madre afronta la situación bebiendo escoceses compulsivamente; cómo su padre prefiere no hablar del tema y confiar en la todopoderosa ciencia; cómo algunos vecinos deciden regirse por el horario solar, mientras otros lo hacen por el oficial. En definitiva, el caos.

Suponemos que el objetivo es que seamos conscientes de lo fragil que es el chiringuito –permítase el término en estos días que muchos de nuestros lectores pueden estar de vacaciones- que tenemos montado. Si le damos un giro de tuerca más radical, el mundo de cada uno de nosotros depende de que en un momento dado un coche se salte un semáforo, o de que un inoportuno infarto me lleve por delante –personalizo en este caso, porque me puede pasar a mí, como a cualquier otro- La idea es que frente a una ciencia que aparentemente tiene controlado el mundo, hay muchas cosas que pueden influir en que ese control desaparezca.

Al final, la posición de la autora es ambigua porque plantea una inmortalidad científica que según algunos expertos no estaría tan lejana como parece y que sí que nos llevaría a un caos en lo referente a la edad de jubilación, el reparto de la riqueza, la contaminación, los residuos orgánicos e inorgánicos. Problemas, todos ellos, que vamos viviendo ya, y que posiblemente vayan a más en el futuro.  

Adolfo Caparrós Gómez de Mercado
Doctor en Lengua y Literatura   

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